En el marco de la misión continental, que hemos aterrizado en nuestra Diócesis con el novenario de años que nos hemos propuesto celebrar hasta que lleguemos al jubileo de los cien años de esta Iglesia particular (2017), nos corresponde en este año 2010 dirigir toda la acción pastoral hacia la FAMILIA,
Editorial
Escrito por Msñ. Jairo Jaramillo Monsalve
Nos sorprende esta hor
a de la historia con la conmemoración de los 200 años del grito de independencia de Colombia. La fiesta no se queda sólo en el 20 de julio. Seguramente en muchas partes del país se sigue conmemorando este acontecimiento que, sin duda, marca un momento determinante en el devenir histórico de nuestra Patria.
Es un hecho que hoy contemplamos a Colombia como a aquella madre que, aunque sus hijos le paguen mal, ahí está: alimentándolos, acogiéndolos, ofreciéndoles su protección, y aunque su corazón esté herido por los maltratos de toda índole, su tierra y su corazón, siguen ofrendando su amor sin medida.
Profundas cicatrices se evidencian en todos estos años de historia. Pocos años de verdadera paz ha vivido, por lo cual se anhela algún día volver a beber sus dulces sorbos acompañados de tranquilidad, prosperidad y esperanza.
Una de esas heridas – diríase aún abiertas- es la familia. Esta sagrada institución la vemos hoy en unos grados de deterioro sumamente preocupantes. Los matices originales y que la dan identidad se están agotando, fruto de la desviación desmedida de la misión para la cual fue creada. La violencia – largo y despiadado flagelo- ha penetrado las fibras íntimas hasta tal punto de crear el caos y la desintegración.
Mientras asistimos a esta realidad, la red globalizada de información nos da cuenta de acontecimientos políticos “en nombre de la democracia” tales como la aprobación de matrimonios, o mejor de uniones, de personas del mismo sexo. Ya varios países han dado este paso y, junto a la aprobación del aborto en otros, la figura genuina de la familia pareciera va en declive.
Pero ante este panorama, la Iglesia, nuestra Madre, a lo largo de los tiempos, incluyendo nuestros 200 años de independencia, ha puesto siempre en primer plano el valor de la familia con una connotación superlativa: INNEGOCIABLE. Y con razón, pues, al lado de la familia y en el mismo nivel, está el valor de la vida y la educación.
Por eso la Iglesia nunca desvía el foco de atención en la promoción y defensa de la familia. En nuestro caso particular – Diócesis de Santa Rosa de Osos- la familia es nuestro centro, especialmente este año. La cuidadosa atención y el empeño pastoral por destacarla y valorarla hacen que estemos pensando que para finales de este año, comiencen a surgir unos pequeños grupos de familias que, con acompañamiento y formación serán las bases para la vivencia de la segunda etapa del Plan Diocesano de Renovación y Evangelización.
Será la Palabra de Dios la que irrigue las venas por donde corren los valores familiares del respeto, la tolerancia, el diálogo y, en definitiva, el amor. Hay que trazar retos y desafíos que garanticen en el tiempo el fortalecimiento de las bases de esta institución soñada, imaginada y creada por Dios.
¿A dónde queremos llevar para las próximas generaciones este barco llamado familia? ¿Cuál es la carta de navegación? ¿Quién tomará el timón y con mano certera lo guiará? ¿Qué hacer frente a las tempestades y crueldades del tiempo?
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